La noticia Positiva de Magallanes, destacó la labor de María Soledad Font y su esposo como familia cuidadora. Con más de 20 años de trayectoria cuidando a lactantes y niños vulnerables, esta madre y abuela comparte los desafíos, las renuncias familiares y el «mágico» motor detrás de una labor que muchos temen asumir por el dolor de la despedida: el amor incondicional y temporal.
«Nuestra misión es cuidarlo, amarlo y educarlo desde el minuto que llega a nuestros brazos, amarlo intensamente… y al minuto que nos dicen que es hora de volver a su familia o con una familia adoptiva, acatar». Con estas palabras, María Soledad Font resume la esencia de ser familia de acogida, un rol que asumió hace ya casi tres décadas y que hoy, a sus 70 años, sigue ejerciendo con la misma convicción del primer día.
En una íntima conversación, la madre del presidente Gabriel Boric Font, quien se define como una madre que fue muy estricta en la crianza biológica de sus propios hijos aclaró que esta vocación de cobijar llegó de forma posterior, cuando su hijo mayor partió a la universidad. Fue en ese momento, motivada por una jueza de familia y bajo el alero de fundaciones, cuando decidió transformar su hogar en un refugio temporal para niños cedidos en adopción o bajo protección del tribunal.
Para María Soledad Font, este camino no ha estado exento de sacrificios. Describe su labor como una «alianza con la Virgen María”, siendo ella Mariana un pacto de fe en el que entregó el cuidado de sus propios hijos al salir al mundo, a cambio de volcarse por completo a los niños que la necesitaran.
«Esto me ha costado vacaciones, matrimonios afuera, salidas… me he tenido que bajar de viajes por la llegada inesperada de un niño. Es mi compromiso», confiesa.
Esos costos también tocaron su rol de abuela. Relata con conmovedora honestidad cómo el nacimiento de su nieto León coincidió con el cuidado de un pequeño que estuvo cuatro años y medio bajo su tutela. «Yo estaba haciendo de mamá en ese minuto, no tenía la capacidad de ser abuela también. Mi prioridad era el niño de acogida», explica, reconociendo que la distancia inicial afectó el apego con su nieto, un precio alto que, sin embargo, asumió como parte de su misión.
Al ser consultada sobre por qué muchas familias evitan postular a estos programas pese a tener la vida resuelta, es categórica: el miedo al desapego. «Tienen un temor enorme de no poder entregarlos. Llegar a amarlos y después dejarlos partir».
Sin embargo, para ella la experiencia es distinta. Asegura que cada partida, incluso la de aquellos niños que han estado años con ella, la vive con profunda felicidad porque sabe que su vida y su futuro comienzan a resolverse, ya sea regresando a su familia de origen o iniciando un enlace adoptivo. «Mi respuesta para los niños que me han buscado de adultos es simple: fue por amor. Algo infinito y poco concreto, pero real».
A sus 70 años, y consciente de las evaluaciones cognitivas y físicas constantes a las que se somete en la fundación, asegura que no piensa en la jubilación voluntaria. «El trato es que me los manden y yo los voy a recibir. Yo misma me daré cuenta cuando ya no estén las condiciones», afirma con una sonrisa.
El impacto de su labor ya ha echado raíces. Sus propios hijos, quienes crecieron compartiendo su hogar y sus juguetes, hoy replican de manera natural este espíritu solidario colaborando con fundaciones como Abrázame o Pro Acogida. «Para ellos es muy natural ser hermanos de acogida. Nuestra misión en la vida es preocuparnos por otros», concluye, dejando un legado invaluable de compasión y entrega absoluta.













