A veces, las buenas noticias no están donde solemos buscarlas. Esta semana, 169 jóvenes que hoy cumplen una sanción o medida penal se presentarán a rendir la PAES. Para una parte de la ciudadanía, este dato puede parecer menor, casi un trámite. Se podría pensar que el verdadero logro sería que ingresaran a la educación superior, que completaran una carrera, obtuvieran un empleo y, con ello, lograran dejar atrás definitivamente la trayectoria delictiva. Y sí, ese es el objetivo final. Pero antes de llegar a ese punto, hay una historia mucho más profunda que merece ser destacada.
Muchos de estos jóvenes crecieron escuchando, explícita o implícitamente, que la escuela no era un espacio para ellos. Arrastran largos historiales de bajo rendimiento, expulsiones, ausencias prolongadas y expectativas casi inexistentes sobre sus posibilidades educativas. Vienen de entornos donde estudiar parecía un lujo, donde había urgencias más inmediatas que resolver, o donde se les exigió tempranamente aportar económicamente en sus hogares. Para no pocos, al ingresar a un centro de justicia juvenil, la educación ya se había convertido en un territorio ajeno, reservado para “otros”: los que tuvieron apoyo, estabilidad o mejores oportunidades.
Por eso, que un joven no solo termine la educación media, sino que además se prepare y tome la decisión de inscribirse a una prueba de acceso, no ocurre por casualidad. Es el resultado de un proceso largo y profundamente transformador. Detrás de cada uno de ellos hay equipos profesionales que acompañan día a día, docentes que enseñan y, al mismo tiempo, restauran la confianza perdida; psicólogos y educadores que ayudan a reconstruir la autoestima, a plantear nuevas preguntas y a imaginar futuros que antes parecían inalcanzables. Ese es el trabajo silencioso y constante que permite que la idea de estudiar vuelva a tener sentido.
El aumento de jóvenes inscritos este año —más del doble respecto de 2023— no es una cifra aislada. Es una señal concreta de lo que ocurre cuando el Estado instala condiciones adecuadas y un acompañamiento significativo: más adolescentes empiezan a creer que sí pueden, que su historia no está cerrada y que la educación puede ser un punto de inflexión real.
La noticia no es solo que 169 jóvenes rendirán la PAES. La noticia es que cada uno de ellos está dando un paso que hace un tiempo parecía imposible. Y que ese paso abre, para ellos y para el país, una oportunidad de transformación.












