En “Dejaron Huellas” de Bandera a Cuadros Smiljan Milo Coro evocó su trayectoria plagada de éxitos en el Turismo de Carretera épocas de esfuerzo artesanal, ingenio en el taller y tardes enteras en el emblemático circuito de Cabo Negro. En una íntima revisión de su trayectoria, el reconocido piloto y mecánico local desclasificó los pasajes más significativos de su vida ligada a los motores: desde sus inicios como aprendiz en la década de los 80, hasta sus inolvidables hazañas en el Turismo Carretera y el rudo desafío del Gran Premio de la Hermandad.
El romance con los fierros comenzó temprano. A principios de los años 80, combinaba las aulas de la enseñanza media en las mañanas con las tardes de aprendizaje en el taller del recordado maestro Mario Simiones. Allí, entre bloques de motor y rectificaciones, forjó un oficio que luego perfeccionaría tras egresar en 1987.
«Cuando salí a la calle ya tenía un taller chiquitito en la intersección de la calle Señoret con Sarmiento. Eran años completamente diferentes a los de ahora; no había escáner ni tecnología, todo era a puro cabecearse para resolver cada problema», recuerda con nostalgia sobre la transición hacia los primeros distribuidores electrónicos y sistemas de inyección de fines de la década. Ya para 1990, se trasladaría de forma definitiva a calle Bilbao, su histórico centro de operaciones.
Su pasión por las carreras nació de la mano de su padre, quien lo llevaba al circuito. Cuando él no podía, el ímpetu era mayor: una micro desde el sector del Hotel Cabo de Hornos lo dejaba en Cabo Negro, con el único norte de cumplir el sueño de subirse a un Turismo Carretera.
Esa oportunidad de oro llegó en 1992 al adquirir un auto con historia pura en el circuito regional: el emblemático coche que perteneció a Hernán Zanetti, conocido originalmente como la «Pantera Rosa» por su color (y que en el pasado remoto había sido de «Tuly Solo de Zaldivar» en la tierra, pasando también por Álvarez y Alejandro Rancho Perez).
«Lo compré desmantelado; no tenía motor, ni caja, ni nada», detalla. Tras pintarlo de rojo y montar un potente motor 318, debutó en mayo de ese mismo año obteniendo un meritorio tercer lugar, lo que daría el puntapié inicial a un historial de intensas batallas «chapa a chapa» contra encumbrados rivales.
Entre sus recuerdos más preciados destaca su primera victoria general lograda en el circuito de Río Gallegos, Argentina, compitiendo codo a codo con referentes de la talla de Pablo Capkovic, Miguel «Pájarito» Sánchez, Ricky Báñez y Koky Trevotic entre otros. Un triunfo que cimentó su camino hacia su primer campeonato y su consolidación en el certamen Patagónico a fines de los 90.
Sin embargo, el rally también golpeó a su puerta a través de la mítica carrera del GPH. Su debut en 2006 junto a Jorge Miranda en unidad VW Senda, estuvo marcado por la falta de experiencia y la dureza del terreno: «No llevábamos ni ropa de cambio, largamos sin luz de noche, a los gritos dentro del auto porque se nos rompió la radio, y terminamos encajados en una cuneta caminando hasta la madrugada para encontrar refugio en una estancia», relata entre risas.
Pese a los tragos amargos como aquella edición en la que, junto a Jorge Garay, venía ganando la etapa y el auto se detuvo por un problema mecánico a escasos 3 kilómetros de la meta en Río Grande, el piloto atesora el haber ganado etapas en el GPH y el haber experimentado la velocidad en su máxima expresión. Su versatilidad también quedó demostrada en los circuitos locales al incursionar temporalmente en la competitiva (Turismo 1300) a bordo de una emblemática «3P» apodada el Diablo Chico.
Con la mirada puesta en el presente, el experimentado Smiljan Coro no ocultó su tristeza por el actual estado del principal reducto tuerca de la región. «Es una pena que Cabo Negro esté abandonado. El automovilismo fue el deporte número uno de Magallanes por años; la gente extraña el ambiente de los viernes de pruebas libres, los asados y las carreras del fin de semana», enfatizó.
Lejos de colgar el casco de forma definitiva, Coro ya se encuentra trabajando junto a su equipo en el taller para reacondicionar su máquina, retocar la pintura y aplicar nuevas ideas reglamentarias. Aunque su última incursión en pista fue acompañado por su hijo Vicente, confiesa que su meta actual es clara: poner el auto a punto para volver a sentir la adrenalina de las pistas chilenas y argentinas, devolviéndole a los fanáticos un pedazo de la época dorada del motor regional.














